Incontinentes, incontrolables, incómodos
brillantes, bribones, brigadieres
ensangrentados, ensimismados, ensartados
Alucinados, alumbrados, aludidos
peligrosos, peliagudos, pelirrojos
finlandeses, finalistas, fin-de-semanas
Paneros, panegíricos, pandémicos
sinvergüenzas, sin-embargos, sintonizados
locuaces, locuciones, localizables
Y los libros hablaban y hablaban
y los ciegos callaban y callaban
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sábado, 3 de abril de 2010
viernes, 2 de abril de 2010
MIEDO A NO SENTIR MIEDO
Lo mejor de no tener miedo a nada es el miedo que transmites a lo demás.
Yo lo descubrí en mitad de una carretera que cruza el desierto. Allí, rodeado por "ratas de arena" y mi incapacidad por sentir miedo como única arma, me di cuenta de lo bajo que había caído.
Me había convertido en un ser mucho peor que la decena de harapientos y mellados piratas que intentaban acabar con mi vida para robarme la vieja moto que tenía entre las piernas. Ellos asaltaban a los idiotas que se perdían en aquel castigado rincón y que tomaban la carretera 79 con la ingenua esperanza de cruzar la planicie de manera más rápida, evitando a los "nuevos gobernantes". Pero robaban y mataban para subsistir y poder dar de comer a los esqueléticos fantasmas que, pese a todo, seguían llamando hijos.
Mi caso era más repugnante. Pretendía atravesar el rencoroso desierto sin ningún motivo, no quería salvar a nadie, ni tan siquiera a mí mismo. Mi familia se había dejado matar unas semanas antes cuando tuvieron que elegir entre luchar, esperar un acto de misericordia o huir. Mis suegros convencieron a mi mujer para que se quedara con ellos, estaban seguros que era lo mejor para la criatura que llevaba en su vientre. Yo, en cambio, muerto de miedo, me largué cuando las primeras balas cayeron en Chesterton.
La excusa era que un grupo de ciudadanos debía ir a la capital a buscar refuerzos y evitar que los “nuevos gobernantes” siguieran matando a los del condado. Pero ahora me doy cuenta de que las docenas de motoristas que partimos con destino a la gran ciudad, queríamos salvar nuestro culo, lo de conseguir refuerzos era secundario, era la razón que inventó el subconsciente. El cobarde subconsciente. Todos sabíamos que "la caballería" no salva a los olvidados. Seguro que mis suegros no me lo han perdonado todavía, debía haber muerto a su lado. Pero nunca me gustó la carrera de mártir.
Días después de la matanza en el pueblo, unos caminantes me confirmaron el rumor. Todas las familias blancas de Chesterton habían sido exterminadas. El único consuelo que tuve fue que a mi pequeño Oliver le faltaba una semana para ser expulsado del cuerpo de su madre. Al menos no tuvo que ver la barbarie y el horror, ni escuchar los gritos y llantos de los ejecutados. Ese, al menos, es mi consuelo.
Desde que recibí la noticia de la matanza el terror que se pegaba a mi sombra como un chicle en los zapatos, se fue. Perdí todo motivo para sentir miedo. ¿Para qué? No me quedaba nada por lo que temer. No tenía familia, casa, dinero, tierras, vida... y la moto sólo me ayudaba a dejarme morir en un lugar lo más lejos posible, para dejar de escuchar los rumores de mi vida anterior. Y lo más lejano que conocía estaba al otro lado del desierto.

Esa es mi arma. Descubrí en los ojos de aquellos miserables que me encañonaban el miedo que veía antes en los espejos, sabía que todavía tenían familias que proteger, sabía que la supuesta violencia y agallas que vestían era un necesario disfraz para interpretar un papel que ningún hombre debería asumir nunca. No dudé.
- Soy el correo de los "blancos" del oeste. Saben que salí hace una semana de la gran capital. Si no llego pasado mañana no tardaran en buscarme para rescatar las comunicaciones. ¿Seguro que queréis que vengan al desierto a por mí? ¿Tan bueno es vuestro escondite? A mí me la suda morir en este puto desierto, ¿y a vosotros?
Sus ojos abandonaron el forzado pulso de violencia y se abrieron como un caparazón.
Se miraron y finalmente posaron su atención sobre el más enano de todos esperando una respuesta. El enano aceptó el botellín de agua que llevaba en las alforjas y un poco de tabaco que les ofrecí. Escupió a mis pies y bajó la escopeta. Los otros no tardaron en imitarle. Y yo sentí pena por ellos. Pena y asco. Definitivamente un nuevo puñado de cobardes se dejaba matar antes de hacer lo que se tenía que hacer para intentar sobrevivir. La excusa era el miedo. El maldito miedo.
Después de aquel episodio mi única duda ante el peligro es saber si detrás de él hay gasolina o algo para comer y beber. El resto es la nada. Mi miedo es no sentir miedo por nada. Esa es mi penitencia.
Yo lo descubrí en mitad de una carretera que cruza el desierto. Allí, rodeado por "ratas de arena" y mi incapacidad por sentir miedo como única arma, me di cuenta de lo bajo que había caído.
Me había convertido en un ser mucho peor que la decena de harapientos y mellados piratas que intentaban acabar con mi vida para robarme la vieja moto que tenía entre las piernas. Ellos asaltaban a los idiotas que se perdían en aquel castigado rincón y que tomaban la carretera 79 con la ingenua esperanza de cruzar la planicie de manera más rápida, evitando a los "nuevos gobernantes". Pero robaban y mataban para subsistir y poder dar de comer a los esqueléticos fantasmas que, pese a todo, seguían llamando hijos.
Mi caso era más repugnante. Pretendía atravesar el rencoroso desierto sin ningún motivo, no quería salvar a nadie, ni tan siquiera a mí mismo. Mi familia se había dejado matar unas semanas antes cuando tuvieron que elegir entre luchar, esperar un acto de misericordia o huir. Mis suegros convencieron a mi mujer para que se quedara con ellos, estaban seguros que era lo mejor para la criatura que llevaba en su vientre. Yo, en cambio, muerto de miedo, me largué cuando las primeras balas cayeron en Chesterton.
La excusa era que un grupo de ciudadanos debía ir a la capital a buscar refuerzos y evitar que los “nuevos gobernantes” siguieran matando a los del condado. Pero ahora me doy cuenta de que las docenas de motoristas que partimos con destino a la gran ciudad, queríamos salvar nuestro culo, lo de conseguir refuerzos era secundario, era la razón que inventó el subconsciente. El cobarde subconsciente. Todos sabíamos que "la caballería" no salva a los olvidados. Seguro que mis suegros no me lo han perdonado todavía, debía haber muerto a su lado. Pero nunca me gustó la carrera de mártir.
Días después de la matanza en el pueblo, unos caminantes me confirmaron el rumor. Todas las familias blancas de Chesterton habían sido exterminadas. El único consuelo que tuve fue que a mi pequeño Oliver le faltaba una semana para ser expulsado del cuerpo de su madre. Al menos no tuvo que ver la barbarie y el horror, ni escuchar los gritos y llantos de los ejecutados. Ese, al menos, es mi consuelo.
Desde que recibí la noticia de la matanza el terror que se pegaba a mi sombra como un chicle en los zapatos, se fue. Perdí todo motivo para sentir miedo. ¿Para qué? No me quedaba nada por lo que temer. No tenía familia, casa, dinero, tierras, vida... y la moto sólo me ayudaba a dejarme morir en un lugar lo más lejos posible, para dejar de escuchar los rumores de mi vida anterior. Y lo más lejano que conocía estaba al otro lado del desierto.

Esa es mi arma. Descubrí en los ojos de aquellos miserables que me encañonaban el miedo que veía antes en los espejos, sabía que todavía tenían familias que proteger, sabía que la supuesta violencia y agallas que vestían era un necesario disfraz para interpretar un papel que ningún hombre debería asumir nunca. No dudé.
- Soy el correo de los "blancos" del oeste. Saben que salí hace una semana de la gran capital. Si no llego pasado mañana no tardaran en buscarme para rescatar las comunicaciones. ¿Seguro que queréis que vengan al desierto a por mí? ¿Tan bueno es vuestro escondite? A mí me la suda morir en este puto desierto, ¿y a vosotros?
Sus ojos abandonaron el forzado pulso de violencia y se abrieron como un caparazón.
Se miraron y finalmente posaron su atención sobre el más enano de todos esperando una respuesta. El enano aceptó el botellín de agua que llevaba en las alforjas y un poco de tabaco que les ofrecí. Escupió a mis pies y bajó la escopeta. Los otros no tardaron en imitarle. Y yo sentí pena por ellos. Pena y asco. Definitivamente un nuevo puñado de cobardes se dejaba matar antes de hacer lo que se tenía que hacer para intentar sobrevivir. La excusa era el miedo. El maldito miedo.
Después de aquel episodio mi única duda ante el peligro es saber si detrás de él hay gasolina o algo para comer y beber. El resto es la nada. Mi miedo es no sentir miedo por nada. Esa es mi penitencia.
miércoles, 3 de marzo de 2010
EL ESPONTÁNEO
Con demasiada asiduidad se produce un hecho dramático en la sociedad española. Sin previo aviso, un guardián de la estupidez, un protector de la estulticia, un primo no tan lejano de los primeros primates que habitaron la tierra; decide lanzarse al ruedo entre un grupo de conversadores para dar una opinión que nadie, ni tan siquiera el sentido social de la charla, le ha pedido.
Una vez el valiente asno ha dado el paso, la tragedia es imparable. Un torrente de insensateces acompañadas de argumentos huecos, tan huecos que incorporan eco, caen a plomo entre el toma y daca de los contertulios. Además, la riada inútil incorpora restos desmembrados de otras necedades que han encallado en el susodicho idiota tras horas y horas de almibanar su supuesta opinión personal con el azúcar extraído de la misma flor que abre todos los días cuando escucha al insecto de turno en el jardín mediático.
Llegados a este punto, los contertulios, que hasta ese instante mantenían la compostura, se desprenden de su sentido de la disciplina y huyen en tromba de las zafias y sesgadas peroratas del exterminador del lenguaje. El pequeño gran iletrado mira a su alrededor y con el mismo arrojo que le llevó a emprender la aventura les grita “ignorantes”, mientras mueve la cabeza en claro gesto de desaprobación. Y una vez más se va a su guarida con la inquietante sensación de sentirse un ser superior.
Una vez el valiente asno ha dado el paso, la tragedia es imparable. Un torrente de insensateces acompañadas de argumentos huecos, tan huecos que incorporan eco, caen a plomo entre el toma y daca de los contertulios. Además, la riada inútil incorpora restos desmembrados de otras necedades que han encallado en el susodicho idiota tras horas y horas de almibanar su supuesta opinión personal con el azúcar extraído de la misma flor que abre todos los días cuando escucha al insecto de turno en el jardín mediático.
Llegados a este punto, los contertulios, que hasta ese instante mantenían la compostura, se desprenden de su sentido de la disciplina y huyen en tromba de las zafias y sesgadas peroratas del exterminador del lenguaje. El pequeño gran iletrado mira a su alrededor y con el mismo arrojo que le llevó a emprender la aventura les grita “ignorantes”, mientras mueve la cabeza en claro gesto de desaprobación. Y una vez más se va a su guarida con la inquietante sensación de sentirse un ser superior.
sábado, 23 de enero de 2010
FINITUD

Esa mañana no se levantó con buen pie. De hecho no se levantó. La muerte se lo impedía.
Costaba creerlo pero no volvería a llenar sus pulmones de aire y nunca más tendría que bajar a por el pan. La portada del periódico no le obligaría a dejar de remover la cucharilla de su café y no pasaría terror adolescente cada vez que su compañera de trabajo le daba los buenos días.
No habrían más noches en las que la bebida le arrastraba a ir a ver a su hija mientras dormía y darle un beso en la mejilla izquierda mientras le susurraba algo al oído y los ojos se le entumecían.
Las horas interminables no bucearían en el pasado para recrear, una vez más, aquel fatídico día en el que su hija empezó a echar de menos a su madre y él comenzó a sentirse culpable por lo de su mujer.
Y, por supuesto, jamás retomaría el libro cuyo arranque poderoso persiguió durante años y la noche anterior había conseguido escribir. El brillante logro, que le proporcionó el único instante de felicidad en meses, coincidía con su inoportuno final.Mala suerte, pensó. El comienzo esperanzador de la novela se había transformado, en apenas una horas de sueño, en un pequeño cuento con principio y fin.
lunes, 18 de enero de 2010
DECÍAN QUE ERA FÁCIL
Decían que era fácil,¡y una mierda fácil! Por mucho que intentaba encajar la pieza B3y la C2 con la ayuda de la pesada herramienta H la susodicha B3 jamás encajaría en la maldita C2. Lo que más rabia me daba era el insultante gráfico que aparecía en lo alto del folleto donde se anunciaba que un sólo fulano (ingeniero industrial y mecánico de la fórmula 1, supongo) podía montarlo en apenas 20 minutos...¡y una mierda!
Cierto es que nunca me he caracterizado por ser un manitas pero no dejaba de ser igual de verdad que los putos suecos se "columpiaban" con las indicaciones.Y mientras continuaba mirando las piezas y mi cara se iba mudando al color rojo alguien llamó a la puerta.
Alguna vez he comentado lo incómodo de las relaciones vecinales. Para mí, todas las personas que pisan, pisaban o pisarán la faz de la tierra se convierten, en el mismo momento en que son tus vecinos, en seres deleznables, molestos e incluso... viscosos. Y no importa que en otra vida (antes de convertirse en vecinos tuyos) hubieran sido grandes y generosos miembros de la sociedad. Da igual. Un vecino siempre es alguien potencialmente preparado y programado para joderte la existencia.
Pues bien, llamaron a la puerta y cuando abrí una sombra premonitoria del infortunio se parapetó frente a mí y dijo con tono de protagonista de "Callejeros":
Oye tío, es que estoy viendo la final de Gran Hermano y me molestan tus golpes. Abajo se escucha todo.Córtate un poco
Mi colorado rostro pasó de la impotencia provocada por los suecos a la blancura de quedarme sin palabras.
Uy,lo siento. Es que estoy montando una estantería de esas prefabricadas y...
Joder nene, pues ya llevas una hora. Mira que eres "negaó". Eso se monta en 20 minutos como mucho
De nuevo el rojo hizo acto de presencia.Pero era un rojo diferente, como amoratado. Mi metro ochenta de vecino del tercero soltó una sonrisita de ser superior, como la de los ingenieros industriales o mecánicos de alta competición, y me miró de abajo a arriba sin percatarse de mi mano derecha.
Empuñé con fuerza la nórdica herramienta H y en pocos minutos, quizás segundos, la pieza C2, la B3 y creo recordar que algunas de las del tipo E encajaron perfectamente en la cabeza rasurada que tenía delante.
Debo reconocer que en esta última fase del montaje hice, hicimos, bastante ruido. Los golpes, gritos, lamentos y finalmente el hosco sonido de una cabeza contra el suelo, seguro que pudieron molestar a más de un vecino. Pero nadie, repito, nadie se quejó. Es más, con el paso de los días alguno incluso me felicitó por un trabajo bien hecho. Y es que como yo siempre digo: un vecino, es un amigo.
Cierto es que nunca me he caracterizado por ser un manitas pero no dejaba de ser igual de verdad que los putos suecos se "columpiaban" con las indicaciones.Y mientras continuaba mirando las piezas y mi cara se iba mudando al color rojo alguien llamó a la puerta.
Alguna vez he comentado lo incómodo de las relaciones vecinales. Para mí, todas las personas que pisan, pisaban o pisarán la faz de la tierra se convierten, en el mismo momento en que son tus vecinos, en seres deleznables, molestos e incluso... viscosos. Y no importa que en otra vida (antes de convertirse en vecinos tuyos) hubieran sido grandes y generosos miembros de la sociedad. Da igual. Un vecino siempre es alguien potencialmente preparado y programado para joderte la existencia.
Pues bien, llamaron a la puerta y cuando abrí una sombra premonitoria del infortunio se parapetó frente a mí y dijo con tono de protagonista de "Callejeros":
Oye tío, es que estoy viendo la final de Gran Hermano y me molestan tus golpes. Abajo se escucha todo.Córtate un poco
Mi colorado rostro pasó de la impotencia provocada por los suecos a la blancura de quedarme sin palabras.
Uy,lo siento. Es que estoy montando una estantería de esas prefabricadas y...
Joder nene, pues ya llevas una hora. Mira que eres "negaó". Eso se monta en 20 minutos como mucho
De nuevo el rojo hizo acto de presencia.Pero era un rojo diferente, como amoratado. Mi metro ochenta de vecino del tercero soltó una sonrisita de ser superior, como la de los ingenieros industriales o mecánicos de alta competición, y me miró de abajo a arriba sin percatarse de mi mano derecha.
Empuñé con fuerza la nórdica herramienta H y en pocos minutos, quizás segundos, la pieza C2, la B3 y creo recordar que algunas de las del tipo E encajaron perfectamente en la cabeza rasurada que tenía delante.
Debo reconocer que en esta última fase del montaje hice, hicimos, bastante ruido. Los golpes, gritos, lamentos y finalmente el hosco sonido de una cabeza contra el suelo, seguro que pudieron molestar a más de un vecino. Pero nadie, repito, nadie se quejó. Es más, con el paso de los días alguno incluso me felicitó por un trabajo bien hecho. Y es que como yo siempre digo: un vecino, es un amigo.
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